El Presidente de la República, Nicanor Duarte Frutos, prefiere a la clase partidaria que logra y conserva votos para las campañas electorales en los espacios públicos, en desmedro de la gente idónea y preparada que genera conocimientos en la toma de decisiones.
La valoración del conocimiento está postergada en nuestro país, incluso desde los estratos de poder. Un ejemplo de ello, es la integración del Consejo en las Binacionales por seccionaleros, nada idóneos para tan relevantes y costosos cargos, mientras que sus pares del lado brasileño y argentino son mínimamente profesionales universitarios y de carrera en las instituciones.
¿Qué se puede esperar cuando el propio Presidente de la República manifiesta un abierto desprecio a la capacitación permanente, cuando trata a académicos con nivel PHD, Doctores en Filosofía, de poco sensibles y casi improductibles?
Según el Primer Mandatario, la corazonada es mayor que la formación, al señalar textualmente “no son capaces de construir un equipo, pero tienen grandes títulos, en su humanidad está muy deteriorado ese individuo, en su capacidad de enfatizar no tiene muchas luces, entonces de qué sirve el conocimiento y la ciencia”.
Incluso, llegó al colmo de afirmar con exabrupto, en cierto momento, que “no hay que estudiar demasiado. Los PHD inducen al suicidio…”. Simplemente, absurdo, y más de alguien que provino de la escuela del Ministerio de Educación y quien hoy es el Presidente de la República.
Indudablemente, hay una aversión hacia el conocimiento desde la propia autoridad principal del país. Detesta los licenciados, detesta los magíster, detesta los PHD. Y adora a los cazadores de prosélitos. Considera que el conocimiento no tiene alma, no tiene sensibilidad, no tiene humanismo.
En otras palabras, considera que el que sabe, no es humano, no es sensible, no llora, no ríe, no se solidariza, que en realidad es una manera bastante paupérrima de describir las capacidades humanas y tratar de entender que únicamente que aquel que carece de conocimientos, es aquel que puede amar, que puede actuar, que puede funcionar.
Es un concepto errado, muy primitivo, más gastado, más ruin, más perjudicial, porque exalta la idea de la pobreza y de la ignorancia como un valor, y eso –lamentablemente- está muy instalado en la idiosincrasia paraguaya. En consecuencia, está desvalorizado el conocimiento como riqueza en Paraguay.
Por lo tanto, mientras las principales autoridades piensen y actúen en efecto, nuestro país despreciará a los intelectuales, resistirá a la ciencia y a toda forma de tecnología
La valoración del conocimiento está postergada en nuestro país, incluso desde los estratos de poder. Un ejemplo de ello, es la integración del Consejo en las Binacionales por seccionaleros, nada idóneos para tan relevantes y costosos cargos, mientras que sus pares del lado brasileño y argentino son mínimamente profesionales universitarios y de carrera en las instituciones.
¿Qué se puede esperar cuando el propio Presidente de la República manifiesta un abierto desprecio a la capacitación permanente, cuando trata a académicos con nivel PHD, Doctores en Filosofía, de poco sensibles y casi improductibles?
Según el Primer Mandatario, la corazonada es mayor que la formación, al señalar textualmente “no son capaces de construir un equipo, pero tienen grandes títulos, en su humanidad está muy deteriorado ese individuo, en su capacidad de enfatizar no tiene muchas luces, entonces de qué sirve el conocimiento y la ciencia”.
Incluso, llegó al colmo de afirmar con exabrupto, en cierto momento, que “no hay que estudiar demasiado. Los PHD inducen al suicidio…”. Simplemente, absurdo, y más de alguien que provino de la escuela del Ministerio de Educación y quien hoy es el Presidente de la República.
Indudablemente, hay una aversión hacia el conocimiento desde la propia autoridad principal del país. Detesta los licenciados, detesta los magíster, detesta los PHD. Y adora a los cazadores de prosélitos. Considera que el conocimiento no tiene alma, no tiene sensibilidad, no tiene humanismo.
En otras palabras, considera que el que sabe, no es humano, no es sensible, no llora, no ríe, no se solidariza, que en realidad es una manera bastante paupérrima de describir las capacidades humanas y tratar de entender que únicamente que aquel que carece de conocimientos, es aquel que puede amar, que puede actuar, que puede funcionar.
Es un concepto errado, muy primitivo, más gastado, más ruin, más perjudicial, porque exalta la idea de la pobreza y de la ignorancia como un valor, y eso –lamentablemente- está muy instalado en la idiosincrasia paraguaya. En consecuencia, está desvalorizado el conocimiento como riqueza en Paraguay.
Por lo tanto, mientras las principales autoridades piensen y actúen en efecto, nuestro país despreciará a los intelectuales, resistirá a la ciencia y a toda forma de tecnología
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