lunes, 20 de abril de 2009

¿Y la secretaría de la niñez?

Son las 22.15 horas de este martes santo. En el semáforo de las avenidas Mariscal López y Perú, aprovechando el semáforo rojo, raudamente, juancito sube al colectivo de la línea 15, en el que viajaba rumbo a mi casa. El niño, que no pasaba de los 12 años de edad, y que por la apariencia, hacía varios días que no pasaba por la ducha, empezó a distribuir unas tarjetas blancas, (arrugadas y muy estropeadas) con un pedido de solidaridad.

“Soy pobre. Quiero comer. Mi mamá y mis hermanos más chicos me esperan con algo para pasar el día. Necesito tu ayuda”, se leía en el mensaje, que a un extremo tenía dibujada una carita sonriente.

Muchos pasajeros ni miraban a Juancito cuando entregaba las tarjetitas. El niño estaba descalzo, con el pantalón sucio y la camisa rota. En su rostro se notaba el paso del sol y la luna de varias jornadas.
Una vez que repartió todos los papelitos, de atrás para adelante, en aquel vehículo viejo, empezó a pedir las moneditas. Pocos se animaron a meter la mano en el bolsillo. Casi al final de su recorrido, Juancito se detuvo a mirar a un pasajero un poco mayor que él. También era un niño, pero a diferencia de Juancito, éste salía de un colegio privado, escuchaba una radio personal y manipulaba un juego electrónico, mientras no le interrumpieran los mensajes de texto de su celular.
Entre estos dos inocentes se produjo una conversación interesante.

- “¿Y vos no me vas a dar nada? ¡Mirá cómo estoy y mirá cómo estás vos! Yo, desde la mañana que estoy trabajando y no voy a la escuela. Si no trabajo, no tengo para comer, ni mi mamá ni mis hermanitos. Dámena”, suplicó Juancito sin recurrir a la agresión física.
- “Apenas tengo 1.000 guaraníes, pero no te puedo dar, porque es el dinero que usaría para pagar otro pasaje si se descompone este colectivo”, respondió el colegiante, con cierta indiferencia.
- “No se va ko a descomponer, che ra´a”, insistió Juancito.
- “Y cómo sé que no vas a gastar en tontería”, le respondió el estudiante.
- “Gran cosa ko tampoco voy a hacer con tu dinero. No voy ningo a comprar un teléfono como el tuyo. Yo ko quiero para comer nomás che ra´a”, le retrucó.
La insistencia fue escuchada por el conductor, que detuvo su marcha estando ya en la avenida Carlos Antonio López, para obligar a Juancito que deje de suplicar y que baje del colectivo. Y en medio de otra oscuridad, el niño indigente continuó su viaje a pie.

Todas las noches, casos como el de Juancito, se repiten. Debería estar en su casa a esa hora, durmiendo, luego de una saludable cena y una reconfortante ducha o preparando su uniforme para ir a la escuela o terminando alguna tarea escolar. Pero no, no es así.


Ante la inconciencia de los padres, que permiten que sus hijos menores se expongan al peligro rutero, callejero y nocturno, el Estado no puede estar ausente, no puede ser irresponsable con su compromiso de garantizar la protección de los menores.

Hay una Secretaría de la Niñez, pero no hay resultados. Este ministerio, es insensible a esta situación y no responde a las necesidades de los niños. Si no hay solución, seguirán apareciendo más Juancitos.

Ojo, eh.

publicado el 09 de abril de 2009, en el diario La Nacion

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